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Un modelo en busca de sus "modeladores"

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
25/11/2009
Fuente de la información: Madrimasd
Organizador:  Madrimasd
Temáticas:  Redes Sociales  Empresa  Internet 

Artículo publicado en Madrimasd
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Esto del cambio de modelo económico, sobre todo desde un modelo con una fuerte carga de ladrillo industrial a uno donde la información y el conocimiento sean los bienes básicos, es un territorio plagado de minas y de inesperadas trincheras. Se supone, por ejemplo, que uno de los ecosistemas labrados precisamente a base de información y conocimiento, como son las redes sobre la Red, deberían gozar de una posición favorable en esta coyuntura. Sin embargo, como se viene apuntando desde diferentes púlpitos, esto no es así. O los fondos público se dirigen masivamente a la reparación de los daños sufridos por ejemplares analógicos seriamente dañados por la crisis, o las inversiones orientadas hacia la producción de conocimiento se desdibujan con los recortes en I+D o, lo que es casi peor, cubren con un discreto velo uno de los ejes más importantes de la innovación de las últimas dos décadas, como ha sido el alud de iniciativas ciudadanas en Internet.

Sin embargo, sería injusto cargar las tintas sólo sobre lo diferentes peldaños de la errática política pública. Hay muchos otros factores que intervienen en esta especie de situación paradójica que vive lo que se podría denominar ampulosamente “el modo de hacer digital”, con lo que ello significa tanto en formas y medios para hacer cosas de manera colectiva, como en la producción de los mencionados bienes de información y conocimiento. Uno de estos factores, que ya he mencionado en anteriores artículos para Madrimasd y que cada vez cobra mayor importancia, es el de los profesionales de las redes. En España tenemos millones de internautas y, como me recordó hace unos días Francisco Ros, Secretario de Estado de la Sociedad de la Información, al parecer somos el segundo país del mundo con más usuarios de redes sociales. Pero, abrumadoramente, le recordé, no son nuestras. No las hemos hecho nosotros. El punto donde las redes sociales virtuales contribuyen decisivamente al crecimiento de la ciencia de las redes, no tiene todavía en nuestro país una traducción en profesionales de este conocimiento emergente, en empresas, en centros académicos y de investigación, en mercados reconocibles de las redes sociales.

Ante este panorama, cuando se menciona el concepto redes sociales, inmediatamente se desbordan por los labios los jinetes más emblemáticos del apocalipsis “redsocial”, casi todos ellos de EEUU, casi todos ellos generalistas (casi, he dicho), casi todos ellos corriendo al galope a piñón fijo sobre la estructura creada por los jóvenes del garage de turno. ¿Es esto intrínsecamente malo? Sí y no.

Primero el no: desde luego se trata de espacios de socialización virtual que conforman un extraordinario campo de experimentación y que, tras el bullicio de los amigos reencontrados, de los desconocidos enredados, de las fotos y el viaje, está haciendo aparecer nuevos modelos de relación con considerables repercusiones en un amplio abanico de actividades sociales, culturales o económicas.

Después el sí: en primer lugar, vamos a remolque. Y eso siempre tiene un costo, a veces muy elevado en términos de atraso, por más que tratemos de concentrarnos en los aspectos positivos (“si bien no sé hacerlo, al menos lo hago con algo importado”). Perdemos la oportunidad de aprender cómo se elaboran las redes sociales virtuales (RSV) en un contexto y un ámbito de relaciones que conocemos y que es, precisamente, donde queremos intervenir. Por tanto, nuestros negocios, sean los que sean, no logran convertirse en negocios desplegados sobre redes sociales a partir de dinámica, necesidades y contextos propios. Por tanto, cuesta determinar las audiencias, esa masa crítica de productores y consumidores de información que actúa en red y hace crecer las redes.

Se supone que como hay mucha gente ahí fuera, siempre habrá una audiencia interactora dispuesta a vincularse a nuestros proyecto. Y si lo hacemos dentro de una de esas redes sociales que ahora se denominan de referencia, mejor que mejor porque ahí hay mogollón de potenciales usuarios, clientes, interesados, afines, curiosos, o como los queramos definir. Como se demuestra día a día, aunque no queramos verlo, es una excelente receta para proyectos efímeros y para que se esfumen recursos, esfuerzos, información y conocimiento que ha costado mucho generar y gestionar, sobre todo en red. En otras circunstancias siempre sería aprovechable y valioso.

A lo cual habría que añadir cuestiones evidentes de privacidad y seguridad pero que se pierden de vista con una facilidad pasmosa. Por ejemplo, mucha de los individuos, colectivos o empresas españolas -o de cualquier parte- que actúan en la mayor red social vigente, depositan su información, una parte de sus activos, sus estrategias, su pasado y su futuro en manos de los gestores de la red estadounidense. Nada indica que si los gestores fueran, por ejemplo, españoles, la privacidad y la seguridad estarían aseguradas. Pero las reglas de juego no serían las mismas, el marco de referencia sería distinto y la reclamación de responsabilidades por ambas partes en caso de algún incidente -como, por otra parte, ya ha ocurrido varias veces- sería lógicamente diferente.

Esto no se reduce tan sólo a quien tiene mis datos, sino a quien organiza y gestiona mis relaciones. Aquí entramos en un campo todavía más oscuro, pues las redes sociales son, en realidad, plataformas tecnológicas que determinan la dinámica, funciones y propiedades de las relaciones que se establecen sobre ellas. No se trata de páginas web o de aplicaciones que aparecen como por arte de magia, sino de artificios tecnológicos que permiten recrear entornos complejos de relación social. No sólo interaccionan quienes participan directamente en la red, sino que la plataforma permite abrir ventanas a otros usuarios, a otras relaciones, a otras redes, a otros tiempos y, en suma, a otras historias, con minúscula y con mayúscula.

La plataforma tecnológica es el portaaviones que organiza la actividad que se genera en él, le da visibilidad global y, de paso, determina el alcance de dicha actividad. Si su pista es pequeña, sólo tendrán cabida ciertos aviones que harán determinado tipo de operaciones. Si es grande, lo mismo pero para aviones grandes. Lo grande o pequeño en este caso, en el de la Red y, sobre todo de las redes sociales, no tiene mayor valor. Lo importante es si la plataforma en cualquiera de los casos se conforma y ajusta a las necesidades de los proyectos. Y si posee la flexibilidad suficiente como para permitir su crecimiento y desdoblamiento -por decirlo de alguna manera- en proyectos nuevos (otros aviones y más hangares).

En este terreno, tampoco tenemos suficientes profesionales que estén preparados para conceptualizar desde este punto de vista los proyectos de redes sociales, ni proliferan las empresas de ingeniería capaces de traducirlos a las estructuras tecnológicas necesarias de acuerdo al proyecto. O, en el caso de las grandes empresas y las administraciones, se tiende hacia construcciones virtuales ampulosas de dudosa utilidad por la necesidad de abocar sus funciones hacia objetivos múltiples y generalistas. O, en el caso de entidades de menor tamaño, resulta incomprensible asumir las estructuras tecnológicas necesarias para que, por ejemplo, PyMES, instituciones o asociaciones, que son las que más necesitan redes sociales específicas y, en muchas ocasiones, sujetas a dinámicas territoriales, puedan conceptualizarlas y desplegarlas en la Red. Por eso todavía echamos mano de plataformas virtuales disponibles en la estantería virtual, sobre todo de manera gratuita, que, en realidad, determinan lo que podemos hacer y no hacemos lo que queríamos determinar.

En estos tiempos de crisis y cambio de modelo es precisamente cuando más necesitamos promover estas nuevas capacitaciones y estimular su impacto sobre el tejido socio-económico. Estos nuevos profesionales de las redes sociales debieran descubrir rápidamente nuevos campos de acción y relación en la economía, la cultura, la ciencia, la integración territorial, la educación, la cohesión social, la creación de mercados locales con proyecciones globales, etc. En pocas palabras, el nuevo modelo económico, basado en la información y el conocimiento, necesita también de nuevos “modeladores” competentes en el diseño, gestión y desarrollo de centros, sistemas y redes sociales virtuales. Y esta necesidad es más aguda en la Red, donde gracias a su universalidad y a la creciente oferta de actividades, con suma facilidad nos convertimos en meros consumidores y dejamos por el camino nuestra faceta de productores, innovadores y creadores. El mundo no empezó ni acabará en Facebook, por más que haya millones de feligreses abducidos por esta creencia.

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