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Revistas científicas, ¿locales o globales?

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
08/10/2008
Fuente de la información: Madrimasd
Organizador:  madrimasd
Temáticas:  Ciencia  Comunicación digital 
Artículo publicado en Madrimasd
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Uno de los territorios donde lo local y lo global chocan con un sordo y discreto estruendo es el de las revistas científicas. Hasta hace apenas una década larga, nadie ponía en duda la prevalencia de Science, Nature, The Lancet, British Medical Journal o Physical Review Newsletters, por mencionar a las más reconocidas solistas de un elitista y selecto coro. Cientos de artículos, a lo largo de décadas, un verdadero río de tinta, habían demostrado (o intentado demostrar), con unos pocos pero contundentes argumentos,  la necesidad ineludible de contar con este paso final en el método científico, el de la publicación de los resultados de la investigación tras pasar el examen de árbitros competentes, como el único puente válido hacia el mundo extraordinario de la creación científica. Sin revistas de referencia en las que publicar y, sobre todo, sin esas revistas de referencia, tan sólo quedaba la sombra de la gloria, más cerca de la agonía que del éxtasis.

Todo lo cual no negaba los escollos del sistema: prácticamente todas las revistas mencionadas son fruto del mundo anglosajón, lo cual planteaba diferentes grados de exclusión a las comunidades científicas de otras geografías por razón del conocimiento del idioma, los apellidos, las relaciones, etc. Pero todo esfuerzo por vencer estas barreras se consideraba bien pagado si al final el artículo de marras se publicaba y abrillantaba el curriculum vitae.

En la última década, el panorama ha experimentado un cambio radical. Por citar tan sólo los “accidentes” más notables del nuevo mapa:
.- Las comunidades científicas de los países industrializados han crecido considerablemente, lo que ha supuesto una diversificación de sus intereses, de su potencial y de su empuje corporativo, sobre todo a medida que el paraguas de la UE se ha ido consolidando como una especie de fuerza motriz y estratégica de la comunidad científica europea.
.- Las comunidades científicas de los países en desarrollo comienzan a coger velocidad a medida que sus gobiernos y empresas incrementan los presupuestos para I+D, algo que se ha dejado notar en Brasil, Colombia, India, China, Egipto, Sudáfrica, Nigeria, etc.
.- Internet se ha convertido, entre otras cosas, en un medio de comunicación científico ineludible, ubicuo y con un grado de penetración insospechado hace tan sólo 15 años.
.- La combinación de los tres puntos anteriores ha generado una dinámica vertiginosa en el mundo de las publicaciones científicas de referencia. Han aparecido muchas nuevas, sobre todo en Europa y EEUU,  durante esa especie de larga década  prodigiosa, la pirámide se ha estirado hacia el vértice superior donde están las revistas tradicionales que han hecho valer su peso histórico, la base se ha ensanchado con una serie de iniciativas en papel y online que ha permitido, en éste último caso, crear nuevas formas de  comunicar resultados de la ciencia sin los grilletes impuestos por las revistas tradicionales. Hasta aquí, las buenas noticias.

Las malas vienen, como casi siempre, desde los países en desarrollo. El crecimiento de sus presupuestos de ciencia, de su propia comunidad científica, la relevancia de sus intereses, sobre todo en el campo de la salud y, más específicamente, de la salud pública, no se han visto acompañados por la emergencia de un sector de la comunicación de la ciencia acorde con  las nuevas demandas y necesidades. La aspiración de publicar en las revistas que “consagran”  nombres y otorgan prestigio y dinero para financiar proyectos, ha estrechado aún más el embudo  que da paso al edén de las élites. Pero esta visión, aunque cierta, es aún muy superficial. El obstáculo más grande es que la orientación de las revistas tradicionales, donde supuestamente se cuece la “verdadera ciencia”, no tiene mucho que ver con la problemática de esos países. Por tanto, la pretensión de llegar a ellas implica un “tour de force” que, en la mayoría de los casos, carece de sentido. Las investigaciones en salud pública en los países en desarrollo abordan problemáticas cruciales para ellos, pero que no tienen mayor interés para The Lancet o sus compadres.

Lo grave es que este es el anvés del problema. La otra cara es que la inversión en ciencia -y salud- en estos países no se acompaña de la imprescindible inversión en medios de comunicación de la ciencia locales, lo cual no sólo significa dinero, sino también el conjunto de criterios que refuerza el valor y la validez de dichos medios. Se están intentando algunas experiencias lideradas por organismos internacionales. Pero uno no puede dejar de pensar que los criterios que podríamos denominar “oocidentales” en este caso, sin causar mayores sarpullidos, siguen colándose en estas iniciativas, lo cual discapacita el valor de diseminación de resultados de la ciencia que son trascendentales en los entornos locales de los países en desarrollo. Curiosamente, las inversiones millonarias y muy bien publicitadas de empresas y entidades, sumamente representativas de esos criterios occidentales, en salud en el mundo en desarrollo no contemplan la necesidad de dar salida a los resultados que se obtengan a través de medios científicos locales, ni en papel, ni en Internet. Las excepciones, en este caso, sí que confirman la regla. Es como invertir en jeringuillas sin agujas. Algo se puede hacer, claro, pero es mucho más lo que se queda en el agujero negro de lo no comunicado cuyo impacto es prácticamente imposible de medir.


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