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Una mujer entre mujeres, el agua y las semillas

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
03/9/2007
Fuente de la información: Revista Medi Ambient. Tecnologia i Cultura
Lugar: Barcelona
Organizador:  Revista Medi Ambient. Tecnologia i Cultura
Temáticas:  Ecología  Economía  Medio ambiente 
Número 40. Octubre 2007


Agua, semillas y mujeres, éste es el trípode sobre el que se ha aupado una de las voces más formidables del movimiento medioambiental de la India y, de paso, de todo el planeta. Vandana Shiva (5/11/52, Dhera Dun, Uttarakhhand, India), la científica a quien todos auguraban una prometedora carrera como investigadora especializada en física cuántica, un día, que quizá no recuerde muy bien, comenzó a hacerse preguntas cuyas respuestas fueron desmadejando hilos aparentemente dispares, unos de trenzado cultural, otros de procedencia agrícola, otros portadores de tradiciones que se perdían en la noche de los tiempos y que se habían preservado en el seno familiar. Pero, al final, ante sus ojos apareció un tapiz que no le gustó nada, donde se perfilaba con claridad una imagen de desintegración ecológica, rapiña de conocimientos populares, despilfarro de recursos comunes, voces frustradas que clamaban en el desierto y, por encima de todo, una lógica económica que saboteaba constantemente cualquier atisbo de organización democrática de los campesinos y agricultores de su país.

Shiva, hija de un conservador forestal y una granjera, no le dijo adiós a la ciencia, pero tampoco le dio la espalda a una realidad que se rompía por mil partes, sin que nadie ni nada pudiera expresar la enormidad del desastre que se estaba perpetrando. A partir de los años setenta, los campesinos de América Latina, África y, sobre todo, el sudeste asiático, aprendieron pronto que tras ciertas siglas o denominaciones aparentemente inocuas se escondían peligros difíciles de discernir o de eludir. El GATT y su Ronda de Uruguay, el Banco Mundial (BM) o el Fondo Monetario Internacional (FMI), gozaban entonces de un lustroso prestigio en el mundo occidental. De hecho, eran materia informativa habitual y necesaria en los periódicos de color salmón, sobre todo The Financial Times, y en los suplementos de economía de los grandes medios de comunicación. Pero, al revés de lo que sucedía en la India, rara vez saltaban a las secciones de “Sociedad” ni mucho menos a la de “Sucesos”. En Occidente, para qué decirlo de otra manera, la vastísima mayoría de lo que se denominaba “opinión pública” –o, peor, público entendido e ilustrado-- no tenía la más remota idea de lo que significaba, por ejemplo, el “ajuste estructural”, la política que aplicaba el Banco Mundial en los programas agrícolas del Tercer Mundo, financiada por el FMI y sustentada por el armazón jurídico del GATT.

Los campesinos sí sabían de qué iba el asunto, aunque aprendieron por la vía del palo, no de la zanahoria, valga la ironía. Este ajuste estructural sacó a la calle a millones de agricultores en los tres continentes, provocó movimientos de protestas que llegaron hasta las mismas escalinatas del poder, regó de sangre y desgracia a regiones enteras, mientras el Norte, ese punto cardinal de la geografía socioeconómica de nuestra era, miraba hacia otra parte. Ante el vendaval que arreciaba como preludio de los años de Reagan y Bush, Vandana Shiva tuvo la oportunidad de refugiarse en el Norte, concretamente en la Universidad de Ontario Occidental, y dedicarse por entero a la ciencia, en la que había empezado a realizar algunas contribuciones sobre las “variaciones ocultas y la no-localización en la teoría cuántica”.


Monocultivos de la mente

Pero las mujeres, las semillas y el agua llamaron a su puerta. El Gobierno le pidió que participara como experta en algunos equipos que debían investigar la repentina escasez de agua en regiones donde antes había abundado. Shiva se encontró con que los tres elementos estaban indisolublemente encadenados, pero que, en unos casos, los programas agrarios de ajuste estructural y, en otros, la entrada en escena de nuevas fuerzas económicas, en particular las corporaciones de las semillas y del “agrobusiness” armadas de necesidades específicas y de capacidades persuasivas irresistibles, estaban alterando radicalmente escenarios sociales tradicionales sin que se hubiera arbitrado una escapatoria más viable que la desaparición lisa y directa de millones de personas.

Shiva emprendió entonces un camino que la marcó para el resto de su vida. En el Instituto Indio de Ciencia y el Instituto Indio de Gestión de Bangalore investigó las relaciones entre la política científica, la tecnológica y la medioambiental. Y en 1982 abrió las puertas de la Fundación para la Investigación en Ciencia, Tecnología y Ecología, un laboratorio de ideas que desde entonces ha venido nutriendo la actividad de los movimientos medioambientales indios y de las Redes del Tercer Mundo, con sede entonces en Malasia.

La fuerza de estas ideas residía, sobre todo, en el blindaje moral de la protección del medio ambiente y de las personas, sobre todo las mujeres, que han venido realizando esta tarea a lo largo de siglos. Shiva no se detuvo en la defensa economicista de grupos o poblados, el rescate incondicional de algunos recursos frente al primer enemigo que le saliera en el camino, o la denuncia sistemática de la rapiña de fuerzas políticas o económicas superiores. La lógica económica capitalista, cuyo impetuoso avance llegó a resumirse al final del gobierno de Ronald Reagan con la frase “El fin de la historia”, fue contestada con ideas y acciones que señalaban la perversidad de una política que tenía como consecuencia indefectible el “apartamiento” de millones de personas de los procesos productivos o, en otras palabras, una condena sin remisión a la supervivencia y la desaparición.

El paquete maldito contenía gente, comunidades y biodiversidad. Fue contra este destino que Shiva dotó de una singular fuerza moral a los movimientos que fueron contestando, de diferente manera, con diferentes estrategias, los ajustes estructurales. Todos ellos pusieron en primera línea su derecho a usar y gozar los recursos que siempre habían sido de todos y ahora se querían secuestrar tras razonamientos en pro del beneficio económico y la eficiencia. La herencia de Gandhi, encarnada en las mujeres que asumieron estos principios, añadió la dimensión no violenta que ha caracterizado a las iniciativas promovidas por Shiva y que ella misma ha sintetizado en un recordatorio contundente: “Las sociedades no viven sólo del comercio, sino, fundamentalmente, de principios coherentes, sistemas organizados y visiones globales”.


Los canarios de las ecocrisis

En este contexto aparecieron movimientos como Chipko, integrado fundamentalmente por mujeres de Nepal y la India, las cuales adoptaron la táctica de abrazarse a los árboles para evitar que la tala indiscriminada y masiva de bosques causara devastadoras inundaciones e hiciera desaparecer las barreras naturales que habían permitido embalsar el agua para las épocas de escasez. Las mujeres alcanzaron a partir de entonces un protagonismo incontestable en los movimientos de defensa del medio ambiente. Shiva las denominó “los canarios de las ecocrisis”, las primeras en emitir la señal de alarma cuando algo no iba bien, pues ellas eran un factor de innovación y conservación de culturas arraigadas en semillas, cultivos y gestión común del agua.

En los años 80, Shiva participó activamente en el proyecto Navdanya –“Nueve semillas”—que implicaba a los correspondientes sistemas de cultivo, a la biodiversidad asociada a ellos y al tipo de organización social a que da lugar. Como ha explicado la científica en numerosas conferencias y libros, era un movimiento que englobaba desde el germen de la planta hasta aspectos tales como la dimensión cósmica de estas semillas, al estar relacionadas con diferentes partes del cuerpo y la mente o asociadas a ciclos de fertilidad. En palabras de la propia Shiva: “Estas nueve semillas son bienes públicos que potencian la cohesión social y alrededor de los cuales surge un tipo de organización y economía específicos. Navdanya es un movimiento cultural, a la vez que agrícola y medioambiental. Navdanya supone una integración de la mujer en las tareas colectivas que otros tipos de agricultura le niegan para condenarla a un papel subordinado y secundario. Desde este punto de vista, se trata también de un movimiento que devuelve a la mujer sus atributos físicos y espirituales para que desempeñe un papel crucial en el sostenimiento de la comunidad y en la vertebración del grupo”.


Biodiversidad y biopiratería

Progresivamente, la defensa de la biodiversidad como uno de los valores supremos de la organización social colocó en el mismo campo de batalla a estos movimientos medioambientales, por una parte, y a las empresas que comenzaron a utilizar los avances en biotecnología para fabricar nuevas semillas protegidas por leyes de propiedad intelectual o, como en el caso de las farmacéuticas, a buscar principios activos en plantas que pudieran convertirse en fármacos. Vandana Shiva, bajo la calificación de “biopiratería”, ha denunciado en repetidas ocasiones la ironía de que los pesticidas naturales tradicionalmente utilizados por los campesinos indios, que en las últimas décadas se han perdido aceleradamente, ahora son buscados por las compañías químicas occidentales.

La aplicación de las politicas de ajuste estructural llevaron a las calles de Nueva Delhi, Bangalore, Hospet y otras ciudades menores de Utter Pradesh, a cientos de miles de agricultores indios durante los primeros años de la década de los 90 del siglo pasado. Sólo en Hospet (Karnataka) se celebraron encuentros que superaron el medio millón de almas en un fin de semana. Occidente apenas escuchaba algunos rumores de aquellas olas de protestas dirigidas contra las medidas adoptadas por el gobierno indio para poner en práctica los programas agrícolas promovidos por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, así como las propuestas de la Ronda de Uruguay del GATT sobre los derechos de propiedad intelectual, que les obligaba a comprar sus propias semillas a las compañías extranjeras que ahora las vendían con ligeras modificaciones.

Aquellas movilizaciones, que se conocieron como el Movimiento de la Semilla Satyagraha, fueron impulsadas por la Asociación de Agricultores del Estado Karnataka (KRRS), fundada en 1991. El programa de la KRRS, inspirado en gran medida en los planteamientos de Vandana Shiva, se oponía a la “colonización de la semilla” a través del mito occidental de “las semillas milagrosas”, a la destrucción de la diversidad genética, a la pseudoestabilidad ecológica que producen los monocultivos de la revolución verde y a la toxicidad y las enfermedades del suelo por el uso intensivo de fertilizantes y plaguicidas para las variedades de alto rendimiento. Todo ello dentro del marco de la lucha contra la explotación indiscriminada de los recursos naturales y la preservación de los conocimientos adquiridos a lo largo de siglos para proteger el medio ambiente. Estos movimientos reivindicaban una democracia representativa de base que devolviera la voz a las comunidades agrícolas, sobre todo a las mujeres como portadoras de los conocimientos que ahora estaban a punto de perder a punta de corporaciones.

Vandana Shiva explicaba en aquellos años a quienes querían escuchar en Europa, que mientras se celebraban las reuniones de la Ronda de Uruguay en Bruselas y todo el debate estaba centrado en si EEUU conseguiría empujar con el codo un poco más a la UE (en aquel entonces Comunidad Económica Europea) y su política agraria, los agricultores de la India se veían forzados a salir a la calle a defender algo tan elemental como sus semillas. “Los agricultores sabían que las corporaciones les robaban sus semillas, las modificaban, las protegían con sus derechos de propiedad intelectual y después tenían que recomprarlas a precios muy altos. Por ahora, los únicos regímenes que existen de protección de los derechos de propiedad intelectual son los del Norte, luego nuestra agricultura es para ellos un botín abierto al expolio. En la época de Gandhi el símbolo era la hilandera, emblema de nuestra industria textil amenazada por la política colonial. Hoy hemos cambiado y nuestro símbolo es la semilla que, en el fondo, viene a representar un mensaje muy parecido. Nuestra riqueza depende de cómo cultivemos la tierra, cómo nos alimentemos y cómo nos protejamos culturalmente. Es nuestra defensa contra la destrucción”, declaraba entonces Shiva.

Aquellos enfrentamientos de los años 90 radicalizaron el discurso del movimiento medioambiental indio. Vandana Shiva encarnó este proceso mediante una defensa sin cuartel no sólo de una forma de producir, sino de una forma de entender la vida que chocaba de frente contra la lógica económica imperante en las relaciones comerciales y, sobre todo, en los organismos que las regulaban, sin excluir ni siquiera a las propias Naciones Unidas.

En un debate que se celebró en Barcelona en 1994, Shiva sostenía: “Los países occidentales ya se han llevado las mejores semillas a través de sus bancos de semillas y el Tratado de la Biodiversidad no cubre esto. Esta es una lucha abierta que todavía no está resuelta. No podemos hacer borrón y cuenta nueva. La cuestión es cómo regulamos el mercado de semillas y los derechos asociados a ellas de manera que nos contemple. Los países ricos hablan de que ellos establecen derechos sobre el germoplasma. ¿Qué es eso? ¿Qué tipo de entelequia se quieren inventar ahora? Es como si estableces derechos sobre células o partes de la célula. Lo verdaderamente importante no es la constitución bioquímica de la semilla, sino los conocimientos de los agricultores sobre cómo tratarla y en qué circunstancias. Ya pueden saber todo lo que quieran sobre los códigos genéticos de las semillas, sus características biológicas o propiedades eléctricas. Pero como no les diga alguien dónde y en qué condiciones hay que plantarlas, de poco les servirá sus conocimientos científicos. El día de mañana sacarán su semilla del banco y no sabrán cuáles son las condiciones idóneas para cultivarla, en qué situación, con qué periodicidad, junto a qué otros cultivos, etc. Y ese depósito de sabiduría es el que estamos destruyendo. Les quitamos las semillas a los pueblos, las convertimos en productos comerciales, impedimos que sigan expandiéndose las que habían y desaparece todo ese conocimiento acumulado a lo largo de siglos. Por eso lo verdaderamente grave en estos momentos es el pirateo intelectual, porque sólo el agricultor es quien sabe lo que hay que hacer”.


La eclosión de Seattle

Como un autor en espera de su obra, Seattle se convirtió en 1999 en el escenario donde convergieron Vandana Shiva y los miles de manifestantes que llegaron hasta la ciudad estadounidense dispuestos a que fracasara la inauguración de la Organización Mundial del Comercio (OMC). La OMC venía a sustituir al Acuerdo General de Comercio y Tarifas (GATT) y a la Ronda de Uruguay, un paso que lógicamente contaba con el pleno apoyo del Banco Mundial y el FMI que debían bendecir públicamente a la nueva entidad. La diferencia entre Vandana Shiva y la vasta mayoría de quienes llegaron hasta Seattle a protestar contra la OMC es que ella llevaba décadas mirándole a la cara al Banco Mundial, al FMI y al GATT. Lo sorprendente, sin embargo, era que la protesta de los miles de jóvenes que se congregaron en la ciudad estadounidense tuviera como objetivo a estas organizaciones. El Norte mantenía un autismo a capa y espada frente al creciente deterioro del medio ambiente alimentado por unas reglas de intercambio comercial donde la banca siempre ganaba y la banca siempre era la banca del Norte. ¿Qué había sucedido para que, de repente, organismos como el Banco Mundial o el FMI fueran tan “populares” y concitaran la furia de tantos jóvenes?

Uno de los factores que contribuyó a esta inesperada “toma de conciencia”, como fue calificada en más de una ocasión por los medios de comunicación, había operado de forma discreta, casi de manera imperceptible. La Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo, que se celebró en Río de Janeiro en 1992, fue acompañada por primera vez por el denominado Forum Global, una especie de conferencia alternativa organizada –y poblada- por cientos de entidades, asociaciones y ONG relacionadas con la defensa del medio ambiente en todo el planeta. Mientras miles de activistas trataban de hacer llegar su voz hasta los salones de la conferencia oficial desde –literalmente- la otra punta de la ciudad brasileña, la Association for Progressive Communications (APC), una ONG dedicada a promover el uso de las incipientes redes de telecomunicación basadas en el protocolo de Internet, entrenaba a estas organizaciones para que aprendieran a intercambiar información y organizar proyectos por la Red y, en general, a obtener por medio de ésta una visión global del mundo inalcanzable de otra manera.

Así, mientras el Banco Mundial campaba con su política de ajuste estructural por tres cuartas partes del planeta sin que la otra parte supiera lo que hacía esa mano, Internet se encargaba de esparcir información seminal sobre las actividades de estas entidades financieras, creando así una especie de pesebre virtual sin fronteras donde abrevaban miles de organizaciones. Ese fue el primer punto de encuentro entre los movimientos medioambientales, sobre todo los asiáticos, y lo que después erróneamente se denominó movimiento antiglobalización, cuya extracción territorial en sus orígenes era fundamentalmente occidental. En Seattle, Vandana Shiva, como la voz más reconocida y reconocible de los movimientos del sudeste asiático, se encontró por primera vez con una base social global que estaba dispuesta a escuchar y asumir una experiencia que los medios de comunicación tradicionales les habían escamoteado sin rubor durante décadas.

Además, Vandana no era sólo la voz de los desposeídos, como enfatizaban mucho medios de manera interesada. Su labor en pro de la construcción de movimientos capaces de poner en jaque la lógica depredadora de las corporaciones le había reportado un prestigioso reconocimiento internacional, como lo atestiguaba que tan sólo en 1993 recibiera la Orden del Arca Dorada, el premio Global 500, el galardón del Día Internacional de la Tierra, el Premio Nobel Alternativo (Right Livelihood Award) por su defensa del papel de la mujer en la conservación del medio ambiente y el Premio Internacional Vida Sana. Tan importante como esto es que, cuando Shiva se cruzó con el movimiento antiglobalización en Seattle, no sólo tenía una dilatada experiencia que ofrecer, sino también una contundente obra repartida en decenas de libros, artículos y conferencias.

En estos ultimo años, Shiva, aupada irónicamente por los propios medios de comunicación que antes la trataban como un objeto exótico difusor de ideas utópicas, se ha ganado una presencia incontestable en el movimiento medioambiental mundial. Su planteamiento central en la actualidad apunta a una negociación que, para muchos, incluidos prestigiosos colegas que siempre le han prestado un claro apoyo público, está impregnada de un idealismo inalcanzable: "La globalización que conocemos no es una tendencia inevitable de la sociedad actual en manos del capitalismo más salvaje, sino que depende de nosotros el que lleguemos a acuerdos significativos para impedir la destrucción de comunidades y de biodiversidad absolutamente esenciales para defender el medio ambiente y la vida humana en el planeta".

El objetivo actual, por tanto, es revocar los acuerdos ya alcanzados en el seno de la OMC para que organizaciones sociales democráticas sean capaces de tomar decisiones en el nivel apropiado y en el lugar adecuado, única forma de garantizar que se puedan extraer y aprovechar los frutos de conocimientos ancestrales que promuevan la continuidad de la vida, sin necesidad de “apartar” a vastos sectores de la población y abocarlos al sufrimiento de la deprivación de recursos y a una especie de desaparición programada. El desafío no es menor, pero tampoco lo han sido los que Vandana Shiva ha debido afrontar durante las últimas tres décadas. Y, como siempre, su discurso y su actividad se sostienen sobre los tres puntos de apoyo que le han permitido pensar y actuar durante todo este tiempo: las mujeres, las semillas y la gestión común del agua.

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Obras:
Vandana Shiva ha escrito numerosos libros y más de 300 artículos en revistas científicas y técnicas de referencia. Aquí tan sólo se citan algunos de estos textos.

Las nuevas guerras de la globalización
Editorial Popular. 2007

India dividida: Asedio a la diversidad y la democracia
Editorial Popular. 2005

Las guerras del agua: privatización, contaminación y lucro
Siglo XXI. 2003

Cosecha robada: El secuestro del suministro mundial de alimentos
Ediciones Paidós Ibérica, 2003.

Biopiratería: El saqueo de la naturaleza y el conocimiento
Icaria. 2001

La praxis del ecofeminismo: Biotecnología, consumo, reproducción
Icaria. 1998.

Ecofeminismo: Teoría, crítica y perspectivas
Icaria. 1997.

Abrazar la vida: mujer, ecología y desarrollo
Horas y Horas. 1995.

El Medi Ambient vist pel Sud. Edición a cargo de Luis Ángel Fernández Hermana. VVAA. (Beta Editorial, 1995). Capítulo de Vandana Shiva: El cierre y la recuperación de las tierras comunales

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