Editorial número 89
Se aprende haciendo
La semana pasada se produjo una de las —todavía— escasas apariciones de
Internet en la portada de los diarios (algunos) y telediarios (menos) sin
estar asociada a un crimen de sangre, a una estafa transfronteriza cometida
por algunas de las jóvenes y pujantes mafias, o al último congreso de
pedófilos digitales. La noticia era que el Gobierno de Tony Blair había
decidido invertir este año 25.000 millones de pesetas para dotar de
ordenadores a 32.000 colegios de Gran Bretaña. El objetivo de este primer
desembolso es pavimentar el camino para que en el 2002 todos los escolares
de la isla estén conectados a Internet. No sé si para los medios la
repercusión de la noticia estaba en el monto de la inversión, en el hecho
de que ésta fuera para red-educación (algo no muy usual en Europa) o en que
diera la casualidad de aquel de gafas sentado al lado del Primer Ministro
británico en el momento del anuncio era el señorito Gates. De todas
maneras, estamos ante el primer y más importante paso desde instancias
oficiales europeas para colocar a la educación en el ciberespacio (siempre
que la promesa finalmente no se quede tan sólo en un precioso afiche, algo
sobre lo que nosotros sabemos mucho). La medida sigue la estela de
políticas parecidas al otro lado del Atlántico y coloca a ambas naciones
como cabeza de playa (¡vaya, otra vez el inglés!) en este sector crucial.
Tanto, que el mismo día del anuncio británico, se produjo una pequeña
escaramuza que, en un par de frases, encierra algunas de las claves de la
educación en el ciberespacio. La princesa británica Ana, que a la sazón
inauguraba un congreso de escuelas privadas, criticó a quienes piensan que
"los niños puedan quedar libres para aprender por sí mismos todo lo que
necesitan gracias a los ordenadores". Gates, atento siempre al principio de
autoridad, se apresuró a responder: "La tecnología no será el sustituto del
profesor, sino una herramienta en sus manos. Internet es neutra, es un
medio para conectar a la gente y no presupone un programa determinado. Ahí
está su belleza". Pues no, señor Gates, ahí no es precisamente donde reside
su belleza. Su belleza radica exactamente en lo contrario, como usted sabe
perfectamente: en que Internet no es neutra, sino interactiva, por lo que
la herramienta no estará sólo en manos del profesor, sino de los alumnos
también. Y, por supuesto, querida prima Ana (ahora todos somos familia,
¿no?, para algo hemos contribuido a resucitar al equipo de muermos del
Palacio de Buckingham vía el exceso de velocidad en París), efectivamente
los niños van a quedar libres para aprender todo lo que necesiten gracias a
los ordenadores. Qué entendemos por "libres" y por "todo" en el contexto de
la sociedad de redes y qué consecuencias se deducen de ello, es harina de
otro costal. Ahí estoy seguro de que mantenemos alguna discrepancia, pero no
creo que, por ahora, ésta ponga en peligro a su señora reina, a su hermano
y, sobre todo, al revolucionario de su sobrino, quién a lo mejor nos
sorprende a todos y da rienda suelta al espíritu subversivo que le inculcó
su madre para encarnar a la primera monarquía digital de la Baja Edad Media
Infolítica.
Las máquinas, desde luego, no obrarán el milagro de insuflar libertad en el
proceso educativo, pero la interconexión y la interactividad, sí. En qué
proporción, además, esta interactividad transportará el peso de dicho
proceso es una cuestión abierta, pero ella no se dilucidará mediante
decisiones administrativas, sino a través de una relación dinámica entre
maestros y alumnos a través del intercambio global de conocimientos. Libres
y encadenados serán, posiblemente, los términos antónimos que definirán los
rasgos de la educación en red, un proceso de formación que abarcará desde
la más temprana edad hasta mucho más allá de la jubilación, pasando por la
educación superior y la del reciclaje personal y laboral constante. En esta
educación continua, a la que tendrá que volver una y otra vez, el
"estudiante" no dispondrá siempre de una tutoría directa. Frecuentemente
tendrá que coger el timón en sus propias manos y asumir la responsabilidad
de encontrar su ruta por los nuevos océanos del conocimiento en el
ciberespacio.
Pero, en todo caso, de la mano del maestro, de sus propios compañeros o por
sí mismo, ejercerá un inusitado grado de libertad al poder acceder a vastas
bases documentales para consultar, acopiar datos, información,
conocimientos, experiencias, y procesarlos. En esta labor, el territorio
del saber estará muy poblado: maestros y alumnos lo compartirán en un
proceso no secuencial determinado por la horizontalidad de las relaciones
entre ellos. Parafraseando a la princesa Ana, podríamos criticar a quienes
crean que los maestros quedarán libres para aprender por sí mismos todo lo
que necesitan gracias a las máquinas. Sin la colaboración activa de los
estudiantes, que se producirá de todas maneras, no serán nada. Y esto, como
vemos, no tienen mucho que ver con el supuesto carácter neutro de Internet
y sí con el tipo de sociedad de la información que están fraguando las
redes.
La forma como esta relación tomará cuerpo (algo que ya podemos apreciar en
múltiples experiencias de educación ciberespacial) será a través de
publicaciones electrónicas, es decir, de sistemas de comunicación que
transferirán desde datos básicos e informaciones hasta una forma de
concebir el mundo, de proyectarlo. Las publicaciones electrónicas
vehicularán proyectos, informaciones, aportaciones, una "rutina" sobre el
aprender y elaborar conocimientos, en suma, una perspectiva cultural. A
través de estos medios, se producirá la densificación de información y
conocimientos —con sus correspondientes sistemas de clasificación,
búsqueda y distribución— que, al parecer, muchos tanto temen. Pero estas
publicaciones constituirán el basamento del edificio de los contenidos
educativos en el mundo digital. En otras palabras, estamos en las puertas
de un acontecimiento inédito (exagero un poco): las aulas se llenarán de
alumnos que leerán periódicos. No sólo esto: los confeccionarán. No me
refiero a El Periódico, El País o Le Monde (aunque puede que se hagan cargo
de algunas de sus secciones). No. Me refiero a sus propios periódicos
online, sus propias publicaciones electrónicas. Las crearán, las
distribuirán y mantendrán a través de ellas el entramado constante de la
educación. Serán periodistas de nuevo cuño, de la misma manera que serán
lectores también de nuevo cuño. Los libros de texto, incluso los digitales,
posiblemente serán subsidiarios a estas publicaciones electrónicas que
prestarán el armazón a proyectos del conocimiento muldisciplinares,
multirraciales, multiculturales, todo ello en el marco global de las
comunicaciones interactivas. Proyectos de "despliegue rápido", dinámicos
como un periódico diario, pero, al mismo tiempo, perdurables, renovables e
"inmortales" en la base documental de las redes. La educación construirá de
esta manera su propio archivo, o su sección correspondiente en el gran
archivo digital.
Para explotar toda la potencialidad de este cambio, maestros y alumnos
tendrán que aprender las artes básicas de la comunicación adaptadas a las
nuevas circunstancias. Para publicar, hay que convertir los datos en
información y a ésta en conocimientos. Este proceso exigirá una formación
específica para consultar (seleccionar fuentes de información y
conocimiento), discriminar (acopiar la información relevante) y
retroalimentar este mismo proceso (publicar). Maestros y alumnos serán al
mismo tiempo fuente de información y usuarios de ésta en un paisaje donde
el único dato cierto será la densidad creciente de los flujos de
comunicación. Participar en ellos y dinamizarlos es un arte que tendrá que
elevarse a la categoría de disciplina. Aprender en el ciberespacio
consistirá, entre otras cosas, aprender a tratar la información con las
herramientas propias de un oficial del conocimiento, una de las nuevas
profesiones alumbrada por la la sociedad de las redes.
En muchos aspectos, los puntos de referencia no están tan alejados del
trabajo propio del periodista, aunque en el contexto de las redes el
oficial del conocimiento es una persona preparada para detectar fuentes
fiables de información, gestionar ésta, discriminar los conocimientos
pertinentes al proceso cognoscitivo en cuestión, cartografiar el territorio
difuso del conocimientos en la geografía de la Red y elaborar productos
nuevos a partir de ellos. Alumnos y maestros tendrán que aprender a leer
periódicos, pero también y sobre todo a elaborarlos. Esta actividad formará
una parte sustancial del contenido de la educación, al que las autoridades,
tan ocupadas en proteger los metros de cable de sus operadoras telefónicas
y las ventas de máquinas de las grandes corporaciones, todavía no han
prestado la suficiente atención. No es extraño, entonces, que se discuta
más de cacharros que de qué se va a hacer con ellos una vez que estén
conectados entre sí.
Necesitamos investigar los rasgos propios del trabajador del conocimiento
en la educación y qué perfiles adoptará en el caso de maestros y alumnos.
Esto tiene unas repercusiones evidentes desde el punto de vista del papel
que previsiblemente cada uno jugará en el nuevo modelo de la educación
digital y del tipo de contenidos que esta necesitará desarrollar en una
sociedad multicultural transparente. Sobre todo, porque nos estamos
moviendo a gran velocidad de la fase de los vasos comunicantes que
trasvasan entre ellos un volumen dado de conocimientos, hacia la de los
vasos comunicadores, en el que cada recipiente es capaz de generar su
propio contenido y vertirlo en otros vasos para producir una sustancia
nueva y diferente.
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