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Balance de la Conferencia de Río

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
15/9/1992
Fuente de la información: Revista Medi Ambient. Tecnologia i Cultura
Lugar: Barcelona
El patrimonio genético de una especie preparada para esquivar lanzas no puede cambiar lo suficientemente rápido para esquivar cabezas termonucleares. Las lanzas, a fin de cuentas, han estado con nosotros durante miles de años. Las cabezas termonucleares, apenas cinco décadas. Esta dificultad de adaptación, llevada a un extremo paradójico, pero muy real, sintetiza el dilema que hoy afronta la humanidad ante la magnitud de los cambios medioambientales que su propia actividad está originando. Son enormes y han creado un escenario completamente nuevo en apenas unas décadas. La capacidad de reacción ante transformaciones globales que antes se atribuían a fuerzas geológicas de muy largo plazo (más de 10.000 años), parece haber reducido el sistema nervioso de la humanidad y, por consecuencia, el de sus estructuras políticas, al de la famosa “rana hervida”: puesta una rana en una olla con agua que se deja hervir lentamente, el batracio será incapaz de detectar la gradual, y letal, subida de la temperatura. Permanecerá sentado tranquilamente hasta la muerte. Los científicos, con ironía, califican este experimento como el síndrome del “a mí no me tocará”.

Ese síndrome, la dificultad para que gobiernos y gobernados percibamos la gradual pero letal tendencia en la que el crecimiento económico y el de la población amenazan con hervir a toda una civilización, tuvo su máxima representación en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (CNUMAD). A pesar de la grandilocuencia de su título, en la denominada Cumbre para la Tierra, se plantearon una serie de problemas sectoriales, algunos de ellos con repercusiones globales, pero que soslayaron, a veces de manera grosera, los dos pilares mencionados sobre los que se asienta el asalto más persistente y violento a los sistemas vivos del planeta jamás perpretado por una especie. Ni estructura económica, ni población, iluminaron el debate en Río y, por la forma como se plantearon las líneas de acción para el futuro, mucha temperatura tiene que alcanzar la olla para que estos dos temas sean no sólo objeto de discusión, sino de acción. Sustraídos estos temas del protagonismo de la Conferencia, ésta se convirtió, hasta cierto punto, en una inevitable reunión familiar para repasar los agitados acontecimientos de los últimos años y actualizar el puesto que le corresponde a cada uno en un mundo donde el hundimiento de todo un bloque ha modificado sustancialmente el paisaje.

Desde esta perspectiva, Río de Janeiro fue una puesta al día de los conflictos que hoy vertebran al mundo, una búsqueda de las nuevas atribuciones que le corresponderán a cada uno en un orden internacional cincelado por la era termonuclear y que todavía no ha soñado siquiera de qué medios se valdrá para acomodarse a las nuevas circunstancias o, dicho con lenguaje al uso, al nuevo orden internacional.

Japón, EEUU y Europa, por una parte, acudieron a Río para dirimir las posiciones que les corresponderán en un mercado mundial cada vez más compacto y, a la vez, sometido a tremendas presiones por la capacidad devoradora de recursos de las tres potencias. Que la propia conferencia se celebrase, así como la postura que cada uno de ellos adoptó en ella, es testimonio del protagonismo que todos atribuyen al “mercado medioambiental” y sus derivaciones políticas y socioeconómicas. El aspecto novedoso, que a la postre permitió que cuajara el propio encuentro, residió en que tanto Europa como Japón, más débiles militarmente que EEUU, buscaron alianzas entre los países en desarrollo, una característica ésta que posiblemente teñirá la política medioambiental de las próximas décadas.

Por otra parte, el Sur llegaba a Río de Janeiro por primera vez con la posibilidad de expresar sus viejos problemas en un foro verdaderamente mundial. La cuestión del medio ambiente no es un tema nuevo en los países en desarrollo, como ha ocurrido en el Norte con la potenciación del efecto invernadero y el posible cambio climático, la lluvia ácida, el agujero de ozono u otros fenómenos que se han manifestado en los últimos años.

En el Sur, los problemas ya fueron diagnosticadas con meridiana precisión hace 20 años, en la conferencia anterior celebrada en Estocolmo: el subdesarrollo y sus dos secuelas más inmediatas, el hambre y la explosión demográfica, eran el motor de una degradación medioambiental que ya entonces no reconocía precedentes en la historia reciente de la humanidad. De aquella certidumbre surgieron foros diversos, el más notable el de los países no alineados que, posteriormente, derivó al actual grupo de los 77. El programa de acción de este foro, casi sin apenas cambios notables, ha sobrevivido durante más de 20 años para llegar prístino a Río de Janeiro y... ser desechado nuevamente.

El dato nuevo, si es que se le puede calificar así, es que el impacto del deterioro ambiental en los países en desarrollo comienza a dejar su marca en el ámbito global, como viene ocurriendo con las emisiones de CO2 de origen industrial. La pérdida de suelo fértil, la deforestación, el agotamiento de recursos no renovables y una economía de subsistencia socavan sistemas vitales de la biosfera terrestre y muestran el profundo desequilibrio en la estructura económica mundial que sustenta este estado de cosas: millones de seres pagan con su vida la encrucijada entre el crecimiento económico de una tercera parte del planeta y la explosión demográfica en el resto.

Río de Janeiro, sin embargo, apenas prestó atención a este sangrante --y urgente-- aspecto del binomio “medio ambiente y desarrollo”. Con una perspectiva cortoplacista típica del “síndrome de la rana”, la Conferencia dividió sus atenciones en respectivas áreas de interés. La potenciación del efecto invernadero por el incremento de las tasas de emisión de CO2, gas que procede fundamentalmente del consumo de combustibles fósiles (petróleo y carbón), tuvo su correspondencia en un tratado del clima, en el que no se llegó a fijar límites de emisiones ni calendarios para conseguirlos. Establecer estos objetivos debería haber correspondido a los países industrializados, quienes cargan con más del 85% de las emisiones actuales y cargan con la responsabilidad de establecer el marco en el que el consumo de energía debe rodar en los próximos siglos.

Como contrapeso, el otro eje de la Conferencia giró alrededor de la protección de la masa forestal (la biomasa) del planeta. La deforestación acarrea los añadidos perjuicios de la pérdida de biodiversidad genética, la erosión del suelo, procesos de desertización y, sobre todo, la irracionalidad económica de abrir tierras de pasto al ganado para convertir en carne una energía que rinde un beneficio mayor transformada en los frutos del bosque. La punta de lanza de esta sección de la Cumbre para la Tierra lo constituyó el tratado sobre la biodiversidad, cuyo redactado afecta fundamentalmente al reducido gruqo de países que acogen en su territorio a la vasta mayoría de los bosques húmedos del planeta.

Fuera de estos dos grandes bloques de negociación, la Conferencia de Río fue un páramo de buenas palabras. Más de dos tercios del mundo quedó fuera de las negociaciones porque, o no tenía suficiente industria para negociar sus emisiones de CO2, o no tenía suficientes bosques como para negociar la protección de diversidad genética. Las cuestiones que afectaban a ellos y a todos, desde el punto de vista de la protección del medio ambiente, apenas se blandieron como eslóganes en las sesiones de la Conferencia: el cambio de modelo de consumo de energía, la transformación de las relaciones de intercambio comercial entre los países y la transferencia de tecnología sin cortapisas ni discriminaciones. En otras palabras, el cambio de actitud por el que clamaba Maurice Strong, secretario general de la CNUMAD, para afrontar las cuestiones del crecimiento económico y la superpoblación.

Así se dio el hecho “curioso” que la Conferencia del Medio Ambiente y el Desarrollo consiguió eludir los únicos focos generadores de desequilibrios medioambientales que no requieren la certidumbre de los resultados científicos, como son el hambre y el crecimiento de la población. De hecho, si todos los planteamientos que llegaron hasta Río se hubieran convertido en el programa máximo medioambiental del planeta y se hubieran cumplido a rajatabla antes del fin de 1992, no habrían desaparecido las Somalías del mundo y el riesgo de los cambios globales pendería todavía sobre nuestras cabezas. Este programa habría reducido las emisiones de CO2 en el Norte, procurando una atmósfera más limpia y un uso más eficiente de la energía. Los bosques en el Sur estarían mejor protegidos gracias a vastos programas de ayuda. La industria incorporaría los criterios ecológicos a los procesos productivos y contaminaría menos, reciclaría más, dispondría de fuentes de energía alternativas y, posiblemente, se aminorarían los riesgos de los cambios climáticos. No se usarían sustancias que afectan a la capa de ozono y el tráfico en las ciudades disminuiría sensiblemente con una batería de medidas políticas que culminarían en la aceptación popular de los coches de energía solar o eléctrica... Si todo esto ocurriera, desde luego que la conciencia del Norte se tranquilizaría, pero no el medio ambiente del planeta que, tal y como viene ocurriendo en los últimos 200 años, quedaría abierto todavía al pillaje de sus recursos, a los profundos desequilibrios que mantienen a más de la mitad de la población de la Tierra sometida a una economía de subsistencia que la obliga a destruir para comer. La consecuencia es una utilización intensiva del suelo hasta dejarlo exánime, la exacción de recursos, la subalimentación, la agricultura pomposamente denominada de subsistencia, además de la constelación de conflictos sociales, políticos y económicos que plagan las sociedades más pobres del planeta. Todos estos problemas ya existían antes de que apareciera el síndrome de los cambios medioambientales globales.

Con la complacencia propia del rico, los países del Norte trataron el hambre y la superpoblación como dos aspectos del medio ambiente que les son ajenos, algo que pertenece al patio interior de cada nación y que cada uno debe arreglar según sus propias artes. En lo que les toca, el manto de la ayuda exterior al desarrollo sirve para cubrir desnudeces, a pesar de las enormes dificultades para aprobar el monto del 0,7% del PIB, tal y como se había acordado hace 20 años en Estocolmo.

La Conferencia de Río, al esquivar el debate sobre el impacto medioambiental del hambre y la superpoblación, esquivó también debatir los medios para afrontarlo y remediarlo: las reglas del comercio internacional y la transferencia de tecnología. La sola mención de estos dos temas cerró en banda a los países ricos con el escudo más estúpido que se pueda imaginar frente a la crisis que vive el planeta: somos sociedades de libre comercio, de libre mercado, y no le podemos decir a nuestras compañías qué vender a quién, ni en qué condiciones. Esta falsedad tan palmaria, que no hace falta ni demostrarla pues los contraejemplos abundan en las páginas de cualquier periódico cada día, debe corresponder al razonamiento de la rana instantes antes de que el agua entre en ebullición. Si para abordar cambios medioambientales de la magnitud pronosticada hace falta “un cambio de mentalidad”, ¿en qué campo debe operar dicho cambio? ¿dónde se manifestará una voluntad de cambio que se traduzca en un abanico de políticas medioambientales que produzcan el “desarrollo sostenible”, la gran meta que se fijó la Conferencia de Río? Si esta voluntad de cambio no implica una modificación sustancial de las reglas bajo las que opera el mercado, la forma como se adquiere la ganancia, cómo se redistribuye la riqueza y no se despliega la imaginación para encontrar formas comerciales alterativas a las que nos llevaron hasta el puerto de Río de Janeiro, no importa cuántas investigaciones hagan los científicos o cuanta certidumbre busquen los gobiernos en los ojos de la ciencia: los hábitos de vida permanecerán y, con ellos, el marco que los posibilita: un comercio internacional profundamente desequilibrado en favor de los poderosos que utilizan la transferencia de tecnología como la herramienta que les permite acumular mayor riqueza y, de paso, privar a los demás de ella.

La rana sigue en la olla y la temperatura del agua sube inexorablemente.

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