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El siglo XXI, un repaso histórico

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
15/12/1998
Fuente de la información: Revista Medi Ambient. Tecnologia i Cultura
Lugar: Barcelona
Organizador:  Revista Medi Ambient. Tecnologia i Cultura
Temáticas:  Medio ambiente  Tecnología 

Un ejercicio en prospectiva


"La Era de las Crisis", un producto escolar multimedia escrito por un dirigente de Brainpeace, la organización ecologista más importante desde el 2010, describe el estado de la cuestión a principios del siglo XXI. Según el documento, la crisis ambiental global y la expansión de las redes telemáticas dieron como resultado el surgimiento de un mundo donde las coordenadas físicas, políticas, económicas y sociales tenian poco que ver con las de finales del siglo XX. El efecto de estos cambios en Cataluña, por ejemplo, fue sorprendente e incluso trastocó los usos y costumbres de sus habitantes.



Barcelona 2050


Xavier Cabaní salió al balcón de su casa y respiró el aire fresco de la mañana que, como siempre, venía mezclado con fuertes aromas. Lavanda era el más intenso ese día, aunque no el único. Miró al tejado y vio cómo la planta había colonizado un amplio espacio. La retama estaba cubierta de flores. Desde donde podía ver, el jardín del tejado comenzaba a adquirir los colores de la primavera.

Xavier vivía en el 7º piso de un edificio del Ensanche de Barcelona. Desde el balcón podía divisar techos y tejados ajardinados hasta donde alcanzaba la vista. Muchos de ellos ya estaban repletos de flores. En otros predominaba el verde de la maleza dejada crecer de manera caótica. A pesar de la hora tan temprana, en algunos tejados comenzaban a moverse las cuadrillas de jardineros con sus típicos monos verdes y amarillos. A Xavier le resultaba muy difícil imaginar cómo era la Barcelona de hacía tan sólo 30 años que vio la noche anterior en la pantalla de su dormitorio. Para resolver unos ejercicios del curso de “Energía no-renovable de la ecomente”, visitó el Archivo Audiovisual Urbano/BCN, como había hecho tantas veces. Y como tantas otras veces, se fue directo a la sección denominada “La Era de las Crisis”. Ni lo que le contaban sus padres, ni lo que veía en la penumbra de su habitación, le traían directamente hasta la Barcelona que él conocía. Ni a esa Barcelona, ni a nada de lo que había visto en sus 23 años de vida.

Le fascinaba hurgar en los informativos digitales de aquella época y pasar una y otra vez las imágenes donde se veía su calle inundada, con un metro y medio de agua de pared a pared, la gente nadando o vadeando en balsas y el contador en una esquina de la pantalla: “Día 29 de inundación”. El aspecto sombrío de aquella Barcelona, las paredes ennegrecidas de las casas, la cantidad fenomenal de chatarra acumulada en las calles, los tejados desnudos a los que los helicópteros arrojaban víveres para los vecinos atrapados por las aguas... nada le ofrecía puntos de referencia válidos de la ciudad que se extendía ahora más allá del balcón.

Casi sin darse cuenta, Xavier estaba otra vez barajando archivos de principios de siglo. Saltando de uno al otro, llegó al de su propia escuela. Le fascinaba asistir a las clases de su tocayo Xavier Vilalta. Se metió en el curso del 2027, uno de sus favoritos, impartido, como casi todos en aquella época, a través de redes telemáticas educativas. Vilalta llegó a ser uno de los principales dirigentes de “Brainpeace”, la organización ecologista más importante de los últimos 40 años. Su trabajo sobre la “Era de las Crisis” se había convertido en un popular producto multimedia escolar en todo el mundo, gracias, sobre todo, a que la Organización Mundial de la Educación (OME) había otorgado a esas lecciones la categoría de “conocimiento universal”, etiqueta que validaba su retransmisión por satélite al vasto sistema educativo a distancia financiado por esa agencia de la ONU.

Vilalta había titulado “De la mano de Dante” una serie de capítulos que describían el estado de la cuestión a principios del siglo XXI, y “En el descansillo del Infierno” examinaba el desenlace de la Era de las Crisis, que ahora todo el mundo calificaba como la etapa más importante jamás vivida por la humanidad. El resumen de la primera parte de las lecciones tenía los siguientes apartados:

De la mano de Dante

La primera década del siglo XXI.

Todos juntos y sin ideas.-- La palabra más utilizada durante el paso al tercer milenio de la era cristiana fue “globalización”. El término adquiría tantos significados como intérpretes trataban de explicarlo. Pero todos coincidían en un punto: el mundo se había convertido en un espacio físico cada vez más pequeño y más compartido. La ciencia, la tecnología, los transportes, el comercio y sobre todo Internet --habitado por más de 600 millones de personas al comienzo del siglo XXI--, así como las múltiples redes de comunicación especializadas (educación, participación política, planificación urbana, medio ambiente, economía, ocio, deportes, etc.) había reducido sensiblemente el “tamaño” físico y espiritual del planeta. Esta cercanía alimentaba un acelerado y cada vez más desesperante proceso de búsqueda de ideas para salir del atolladero al que se dirigía la comunidad internacional.


Sucesivas crisis económicas y ecológicas de gran envergadura mantenían en estado de tensión a todo el sistema de relaciones internacionales, sin que se atisbara una solución a mano. El puente entre ambos mundos --la economía y la ecología-- se estiraba como un elástico sin fin, como una cinta de Moëbius donde el encuentro resultaba imposible. Los países industrializados habían abandonado el sistema de cumbres ambientales que había promovido la ONU desde 1992. Los objetivos del tratado del cambio climático que comenzó a debatirse entonces habían quedado en el cubo de la basura. Los países ricos querían que los países pobres asumieran las mismas cargas que ellos desde la entrada en vigor de dicho tratado. Los segundos hablaban de la “contaminación histórica”, el factor de riqueza que le había permitido a unos cuantos países (una quinta parte de la humanidad) distanciarse de los demás al haber saqueado los ecosistemas del planeta durante casi siglo y medio sin cortapisa alguna. Los estados habían llegado al punto en que no eran capaces de negociar en el nombre de los ciudadanos que se veían directamente afectados por un incremento constante de los riesgos (y los desastres) ambientales.

La era de los transgénicos. La modificación genética de las redes. Los esporádicos experimentos de finales de siglo en el campo de la biotecnología se convirtieron en la rutina de la industria más próspera --y concentrada-- de los inicios del tercer milenio. Los derechos de propiedad intelectual sobre organismos modificadas genéticamente (OMG), primero en el campo de la alimentación y después prácticamente en la mayoría de los procesos industriales, derivó en una lucha feroz por dominar mercados por parte de un selecto grupo de poderosas corporaciones. La reacción tomó la forma de redes internacionales para preservar, por una parte, el acerbo agrícola de vastas regiones del planeta, en particular América Latina y el Sudeste asiático, y, por la otra, para defender los derechos ancestrales de sociedades agrarias que se veían ante la tesitura de tener que pagar por recursos fitogenéticos propios, pero modificados genéticamente mediante técnicas de biotecnología en laboratorios lejanos.


Esta tensión, que se había manifestado de diferentes maneras durante las dos últimas décadas del siglo XX pero sin mayores repercusiones en la opinión pública de los países industrializados, adquirió de repente una forma nueva que vino a teñir toda la época. Por primera vez, el conflicto emergió en los países ricos con una virulencia inusitada a través de las redes telemáticas. Los bancos de datos de laboratorios y depósitos de germoplasma, así como los recursos informáticos privados de los propios investigadores, empezaron a ser el blanco de ataques continuos desde distintas partes del mundo. Al mismo tiempo, el debate se trasladó hasta el salón de estar de millones de hogares a través de sistemas de información que ocupaban todos los espacios disponibles en aquel entonces, como la televisión digital, las redes de cable, Internet, etc.


Gobiernos y empresas se vieron ante una situación nueva a la que diplomacia heredada del siglo XX pocos recursos podía oponer. Las medidas punitivas al uso repercutían inmediatamente en su propia casa mediante la reacción de una opinión pública cada vez más sensibilizada por el problema del hambre, a la vez que preocupada por la incapacidad manifiesta de los políticos para plantear soluciones imaginativas a un problema que comenzaba a repercutir en sus propios bolsillos. El creciente gasto en seguridad industrial para evitar las incursiones virtuales se trasladó directamente sobre el precio de los productos donde intervenían procesos de biotecnología. El encarecimiento constante de la canasta alimentaria abrió una brecha en las bolsas financieras del mundo con catástrofes continuas en el suministro de alimentos a escala global. Muchos de ellos entraron en fase de escasez causando intensos estados de agitación social sin solución de continuidad. Finalmente, la ONU se vio obligada a crear un insólito foro tripartito entre las múltiples organizaciones descentralizadas que compartían conocimientos entre ellas para esparcir prácticas agrícolas propias exentas del dominio del puñado de corporaciones de la era de la biotecnología, los estados y las empresas. Era la primera vez que éstas participaban oficialmente en las deliberaciones de la ONU como protagonistas del problema que se trataba de resolver.

Hundimiento de Rusia. “Mafias sin fronteras”. El colapso de Rusia, anunciado durante muchos años, finalmente acaeció el 2008. Las dificultades de sucesivos gobiernos para “pacificar” las mafias había derivado en una economía dual, en la que los barones del mercado sumergido negociaban directamente con los organismos financieros mundiales la salida de la crisis. El colapso se produjo cuando el gobierno perdió completamente el control sobre el arsenal nuclear y éste quedó en manos de bandas que gobernaban regiones enteras de la antigua URSS. A partir de aquel momento, el principal producto de exportación de Rusia fueron las propias mafias, que coparon importantes mercados internacionales financieros e industriales, a pesar de tener una escasa base industrial en su propio país.

La era de las megalópolis. El viaje en coche a ninguna parte. Al final de la primera década del siglo XXI, Europa, Japón y EEUU alcanzaron el fatídico promedio 1:1. Un coche por persona. Tan sólo 10 años antes, esta meta se habría considerado como la cumbre del progreso social y del crecimiento económico. Ahora, los gestores de las ciudades la consideraban como un remedo metálico de la plaga de la Edad Media. Las redes urbanas se habían extendido como tentáculos inalcanzables hasta ocupar territorios antiguamente denominados regiones. La descentralización política de los municipios no bastó para detener el creciente deterioro del entorno físico y social de la ciudad. Mientras se planificaba con el coche como protagonista, los ciudadanos tomaban sendas diferentes que obligaba a proyectar servicios y viviendas de un signo muy distinto. El crecimiento de la industria de la información y el conocimiento, basada en el movimiento de bits, tenía difícil acomodo en un entorno concebido para el movimiento de bienes físicos. Estas tendencias contradictorias emergieron como una fuerte presión social para crear vastas zonas peatonales alrededor de nuevos núcleos de servicios y habitacionales en el centro de las ciudades. La búsqueda de soluciones para la movilidad del ciudadano no como individuo, sino como el factor social determinante del funcionamiento de la ciudad, colocó en el centro del debate la liquidación del transporte individual. Muy pocas urbes estaban preparadas para favorecer un giro tan radical.

La era de las catástrofes climáticas. El señor Tifón. La ciencia no resolvió --ni entonces, ni hoy y, posiblemente nunca lo hará-- el debate sobre si se podía discernir más allá de toda duda la huella humana en los cambios globales, en particular en el cambio climático. Pero la comunidad internacional no pudo resistir la cadena de catástrofes que comenzó a asolar regiones enteras del planeta con una regularidad alarmante. En contra de todas las previsiones, que apuntaban a los deltas de Bangladesh, las islas del Pacífico Sur, el Asia de los monzones y el sur de Siberia como las primeras y más indefensas zonas del planeta ante el cambio climático, de hecho este “premio” cayó en EEUU. A principios de la segunda década del siglo, sus costas orientales fueron permanentemente evacuadas al ser barridas asiduamente por tifones de una fuerza devastadora. Las compañías de seguros utilizaron al país más rico del mundo como su mejor anuncio para un cambio de política de imprevisibles consecuencias: no aceptarían pólizas de ningún tipo frente a los denominados “desastres naturales”. Millones de familias quedaron en la ruina de la noche a la mañana y el sistema financiero --y la ya debilitada cohesión social del país-- quebró en varios estados. Como dijo Richard Black, a la sazón presidente de EEUU: “Es la primera vez que perdemos una guerra contra los [tifones] invasores, pero ni Hollywood ha logrado indicarnos qué gesta habría sido necesaria para derrotarlos”. Por primera vez desde 1992, EEUU aceptó sentarse a discutir “una política para remediar los peores efectos del cambio climático”. Para ese entonces, los Países Bajos habían desaparecido del mapa. Millones de holandeses buscaban refugio en el resto de Europa y en EEUU.

La fin de la era de las migraciones. Soluciones aquí y ahora. A finales de la primera década de este siglo, la tasa de natalidad de población mundial comenzó a estabilizarse. Pero ese no fue el factor determinante para que las grandes migraciones desde el Sur al Norte se convirtieran en un pequeño goteo. Lo fundamental fue el cambio en la política internacional (véase más adelante “Una nueva forma de hacer política”) y la exigencia universal de que se resolvieran los problemas de las poblaciones afectadas por el hambre y el deterioro de ecosistemas físicos, políticos y sociales en sus propios lugares de origen. Brainpeace fue instrumental en ese sentido. La acción concertada de las organizaciones en redes, su presencia decisiva --e inevitable-- en los centros de poder económico y la política de explicación de la situación en los propios hogares de las naciones desarrolladas, colaboraron a crear un clima de entendimiento impensable a finales del siglo XX. El sistema de la ONU logró un acuerdo trascendental: la creación del PIBdBU (Producto Interior Bruto de Bienes de Uso), el primer sillar de un edificio donde la economía y la ecología pudieran convivir. Para llegar a este punto resultó determinante la sostenida campaña internacional contra el consumismo y la demanda de una política de distribución de recursos a partir de su impacto medioambiental, como ya venía practicándose en numerosas comunidades a lo largo y ancho del planeta.

Energía y Residuos. Dos monedas y una sola cara. A mediados de la primera década del tercer milenio, todas las lecturas de la atmósfera terrestre acababan en las salas de urgencia de los hospitales. Las enfermedades respiratorias se convirtieron en el primer flagelo de la salud física de la humanidad, superando incluso las cifras de la malaria, que por cierto había colonizado de nuevo territorios de donde había sido eliminada desde hacía casi un siglo al amparo de un apreciable ascenso de la temperatura media en dichas regiones. El catálogo de tumores relacionados con la contaminación ambiental era la cartilla de trabajo de los departamentos de oncología. La contaminación transfronteriza, habitual en las décadas previas, comenzó a detenerse: nadie quería la porquería del vecino, pero la propia gozaba de las mismas propiedades: contribuía indefectiblemente al cambio global. La búsqueda de soluciones a la diversificación de las fuentes de energía se mostró como uno de los huesos más difíciles de roer. A la complejidad del escenario político se unía la solicitud explícita a los países ricos para que apuntaran hacia un camino aceptable para todos. Esto implicaba, de partida, discutir una reducción apreciable de las expectativas globales de creación de riqueza y una redistribución de las cargas y los beneficios de la economía a escala global según criterios no ensayados hasta entonces. Este fue el telón de fondo permanente del siguiente capítulo.

En el descansillo del infierno

La segunda década del siglo XXI

La era de la información: “La economía proyectual”. Si hubiera que apuntar a un único factor determinante de los acontecimientos que marcaron el inicio del siglo XXI, ése sería la torrencial irrupción de la industria de la información y el conocimiento a escala global. La continua explosión demográfica de Internet propiciada por el abaratamiento espectacular de los costos de conexión y de las tarifas telefónicas a raíz de la feroz y global competencia entre operadoras de telecomunicaciones, convirtió a las redes en el primer producto de consumo masivo en los comienzos del Tercer Milenio. En contra de lo que habían predicho muchos gurús en las décadas anteriores, los países en desarrollo fueron directamente uno de los mayores beneficiados por este fenómeno. La multiplicación de redes de todo tipo se convirtió en las palancas de su globalización. La Sociedad Red, como la había definido un sociólogo español a finales del siglo XX, sólo tenía sentido cuanto mayor fuera la cobertura humana, informacional y cognoscitiva del sistema. Con una velocidad inusitada, las economías de todos los países se vieron atravesadas por múltiples redes que potenciaron, sobre todo, los aspectos cooperativos y lo que se denominó “la información proyectual”, estados críticos de conocimiento a través de las redes para alcanzar objetivos sociales, políticos y económicos muy complejos. “La información proyectual” se mostró como uno de los taladros culturales más eficaces jamás diseñados por la mente humana para horadar viejas barreras antropológicas. Las redes hervían con estos proyectos que concitaban el interés y la energía de miles de personas en diferentes puntos del globo y que, mediante sistemas telemáticos de simulación, podían comprobar casi en tiempo real las consecuencias de los esfuerzos de cada uno en pro del objetivo buscado.

Alejandría revisitada: la GBD. En el 2004 se anunció con bombos y platillos que Internet ya tenía almacenado en su red de servidores (720 millones alrededor del planeta) todo, absolutamente todo lo publicado por la humanidad desde que había registro histórico. Toda la producción escrita y audiovisual de la humanidad de la que se tenía documentación estaba repartida por la Gran Biblioteca Digital (GBD). Parte de este magno fondo editorial era de pago, parte era de acceso gratuito. Lo único que separaba al gran público de este enorme depósito de sabiduría y conocimientos era una línea de telecomunicación y un terminal. Y ambas cosas estaban en el mercado desde hacía tiempo a costos cada vez más reducidos.

La OME. Educación para todos. Las redes almacenaban información y conocimiento, pero el factor que canalizó su acceso universal fueron las políticas educativas impuestas desde las propias redes. La educación a distancia, en todas sus facetas posibles, alcanzó un elevado grado de descentralización. La AAE (Arquitectura Abierta para la Educación), un centro técnico de la Internet Society, el organismo regulador de Internet, se ganó un merecido prestigio mundial al desarrollar numerosos protocolos de comunicación que facilitaban el acceso a las redes y sus contenidos educativos con mecanismos cada vez más sencillos y baratos. La antigua UNESCO se reconvirtió en la Organización Mundial de la Educación para gestionar la tupida red de satélites, cable, radio y telecomunicación que cubría a todo el planeta y garantizar el acceso universal a sus contenidos. Esta política estaba financiada por todos los países con fondos procedentes del recorte sustancial de los presupuestos militares.

Una nueva forma de hacer política. Las redes de la vida. La implantación de las redes y la canalización de una parte sustancial de la vida a través de las redes supuso una transformación inesperada de los supuestos políticos de la democracia. La conexión directa entre vastos grupos de población, que se movían tras objetivos específicos por encima de barreras sociales, culturales y nacionales, colocó la acción política en un escenario iluminado por el creciente divorcio entre los representados y los representantes. El caso de un dictador chileno, Augusto Pinochet, que fue perseguido por la justicia de varios países a finales del siglo pasado por crímenes contra la humanidad cometidos en el ejercicio del poder, abrió las compuertas. La democracia virtual creó espacios cada vez más amplios de representación directa, unas veces en pugna, otras como complemento, de la tradicional representación electoral. Estos ejercicios afilaron el ángulo activo de las redes, que progresivamente fueron alcanzando un mayor protagonismo político a medida que crecía la densidad y la calidad de la información que eran capaces de mover. El punto crítico en la política internacional se alcanzó de manera sutil, discreta, pero apreciable, en los acontecimientos que marcaron la segunda década del siglo. El año 2010, Internet y sus miles de redes asociadas cobijaba a más de mil millones de usuarios.

Los asaltos al poder. La bolsa. El primer indicio del cambio operado por las redes fue la presencia cada vez más sonora de la voz de los países en desarrollo en ´diferentes ámbitos del mundo rico, en particular en sus hogares. Los proyectos conjuntos, los nuevos sistemas de información, los novedosos canales para promocionar iniciativas de carácter global, los esfuerzos por distribuir los beneficios de la educación desde los centros académicos hasta las escuelas más remotas del planeta, etc., todo fue un caldo de cultivo donde, por primera vez desde la revolución industrial, los habitantes de las zonas privilegiadas del planeta comenzaron a escuchar al resto de la humanidad sin intermediarios ni filtros de ninguna clase. Y había mucho de qué hablar. Menos del 20% de la población mundial devoraba más del 80% de los recursos del planeta. Esta relación había permanecido invariable durante décadas, si acaso se había inclinado cada vez más en favor de esa minoría que fagocitaba ecosistemas como si fueran costillitas en un asado de fin de semana.


Por eso, una parte considerable de la opinión pública --en ese entonces, en realidad, opinión privada fomentada a través de servicios informativos elaborados a la medida y distribuidos por redes-- de los países ricos participó activamente en el famoso “Asalto a la Bolsa” del 2014, una acción contra los centros financieros más reputados del mundo que dejaron a la economía con la respiración entrecortada. La demanda era una sola: condonación de la deuda exterior para todos los países por debajo de un baremo definido a partir del comportamiento integral de los ecosistemas, que desde entonces pasó a denominarse el “índice ponderado de ecosistemas sostenibles” (IPES). El asalto consagró una nueva realidad política y creó un campo jurídico que trastocó todo el andamiaje legislativo de la época.

El ecosistema de la mente. Brainpeace. Uno de los factores fundamentales del IPES era el ecosistema de la mente. El traspaso desde la sociedad industrial de bienes sustentados en el dominio de la física, la química y la biología, a la sociedad informacional y del conocimiento, varió también el signo de los problemas ambientales. De la depredación de los recursos naturales, se pasó, lentamente pero sin pausa, a la depredación de los recursos mentales. Este giro trajo consigo un resurgimiento de movimientos espirituales firmemente anclados en la potenciación de la principal fuerza motriz de la sociedad enredada: el cerebro. Los viejos movimientos medioambientalistas habían sucumbido a la creciente complejidad tecnológica de los planteamientos ambientales. Muchos de ellos directamente pasaron a formar parte de la lucrativa industria consultora que surgió de las políticas remediadoras para reformar a la industria más contaminante. El peso creciente de la información y el conocimiento desplazó el eje de la “contaminación” hacia la mente. La defensa de este reducto fundamental del ser humano fue el origen de Brainpeace, la organización ecologista más importante del siglo XXI. Las acciones de sus militantes a través de las redes fueron esenciales para comprender la necesidad de establecer puentes efectivos de comunicación entre las regiones ricas y pobres del planeta, así como para comprender que el criterio de riqueza material tenía cada vez menos significado en un mundo sometido a profundas tensiones a nivel personal, comunitario y social.

La guerra sin fronteras. Los niños crecieron. A finales del siglo XX, cuando Internet apenas estaba poblada por unos 100 millones de personas, se decía que los niños crecerían en un mundo de redes donde las fronteras apenas tendrían importancia y los estados nacionales perderían gran parte de su peso específico en la política nacional e internacional. Efectivamente, lo primero sucedió casi por generación espontánea, pero los estados nacionales se reconvirtieron en poderosas organizaciones dedicadas, entre otras cosas, al amparo de culturas específicas nucleadas a través de sus propias lenguas. Esta faceta de promotores (“desenterradores”, decía la sociología de la época) de las raíces históricas de grupos de población, condujo a la creación de un tupido tapiz cultural que facilitó extraordinariamente las conexiones --y comprensiones-- entre culturas muy diferentes. Los niños que crecieron bajo la amenaza de un supuesto pensamiento único, fueron los más celosos valedores de la diversidad cultural que floreció en las redes.

La cuestión fundamental: Sinergias humanas vs. sinergias institucionales. Uno de los debates vertebrales de principios de siglo giraba alrededor del tipo de gobierno más efectivo para afrontar los enormes desafíos sociales, políticos, económicos y ambientales que afrontaba la humanidad. Tanto desde la ONU, como desde diversos centros de poder --Club de Roma, G-9, o el “Consorcio K. Popper”--, se barajaba con mayor insistencia la necesidad de crear instituciones supranacionales que actuaran como semilleros de un futuro gobierno mundial. De hecho, diversas actuaciones del Consejo de Seguridad de la ONU y de la OTAN, así como la creación de los “boinas verdes”, un cuerpo paramilitar internacional de despliegue rápido para las emergencias ambientales, integrado por mandos y tropas especiales de numerosos países, se orientaban en ese sentido. El andamiaje, sin embargo, se vino abajo durante las crisis de las bolsas. Las redes humanas a través de redes telemáticas emergieron como una propuesta descentralizada mucho poderosa por la cercanía entre los ciudadanos y sus problemáticas específicas. Las sinergias desencadenadas a través de las redes incrementaban exponencialmente la capacidad de actuación de éstas, lo cual suponía una modificación constante del panorama político, casi sin tiempo para que se solidificara en instituciones reconocibles. Se creaban redes para problemas concretos, que al desaparecer estos conllevaba la desaparición de la red. Pero quedaba en el sistema el registro de la experiencia que servía como información de referencia para otros grupos, para otras situaciones. La fragmentación de la acción política, que constituía la esencia no escrita de la democracia representativa, se transformó en la continuidad de la acción política, la esencia de la democracia participativa. Y la única forma de garantizar esta continuidad era a través de redes desjerarquizadas, específicas, descentralizadas e interconectadas. Estas redes se convirtieron en la herramienta crucial para afrontar las graves perturbaciones que afectaban al planeta.

Xavier Cabaní dejó de leer por un rato. Se asomó al balcón para contemplar la Barcelona del 2050 que se extendía ante sus ojos. Descorrió la pantalla de prospectiva que oficiaba de cortina delante de él, donde se reflejaba una imagen tridimensional, sensorial, táctil y gustativa de la ciudad que cada noche proyectaba junto con sus colegas de red. Le encantaba contemplar esta proyección de la evolución posible de la ciudad cuando se levantaba. Ahora tenía ante sí el verdadero paisaje urbano de la ciudad, el que, finalmente, surgió producto de todas estas batallas que su profesor contaba en la lección magistral. Hubo un momento en que todo pudo haber sido como Vilalta contaba, todo pudo haber derivado hacia las soluciones que allí se proponían. Algunas ya las disfrutaba en estos momentos. Pero otras no llegaron a tiempo. La extraordinaria capacidad de anticipación alcanzada por la humanidad en la segunda década del siglo XXI no fue suficiente para remediar la pesada herencia que se arrastraba desde el inicio de la revolución industrial y, sobre todo, desde la gran guerra de mitad del siglo pasado, cuando se inició una desenfrenada e histórica carrera en pos del consumo que abrió la profunda e insuperable sima entre ricos y pobres. Los historiadores atribuían ahora a esta locura sin precedentes en el pasado de la humanidad el largo catálogo de desatinos que condujeron al mundo a su estado actual.

El cielo amenazaba tormenta. Xavier consultó los parámetros del tiempo en el reloj de pulsera. Se acercaba otro tifón del mediterráneo, el tercero del mes, por las costas de Tarragona. El Servicio Meteorológico anunciaba toque de queda durante dos días para la zona de Barcelona a partir de las seis de la tarde. Para él, los tifones del Mediterráneo eran parte del paisaje, le habían acompañado desde que nació. No entendía que un fenómeno natural tan espectacular y masivo, esa especie de diapasón que regulaba la vida en todo la región, fuera algo reciente, tan joven como él mismo. Por lo menos Vilalta nunca los mencionaba en sus lecciones sobre el cambio climático en el Mediterráneo y en la red no había rastro de ellos en las múltiples historias sobre los cambios globales de antes del 2030. Nada sobre los tifones y muy poco sobre el húmedo clima tropical de Cataluña que había despoblado gran parte de la zona central del país.


Xavier, tras tomarse las píldoras contra la malaria, comenzó los preparativos rutinarios del toque de queda. Aprovecharía los dos días de encierro para conectarse a una de sus redes de información favoritas: “En.mergencia”, donde se discutían las nuevas estrategias para combatir las enfermedades infecciosas emergentes. En los últimos seis meses, Cataluña había sido una de las regiones más prolíficas del sur del continente. Dos virus y tres parásitos desconocidos hasta ahora en relación con el hombre, se habían “activado” en zonas de ecosistemas agrícolas de diseño. Uno de los parásitos parecía especialmente virulento al no encontrar enemigos naturales que controlaran su propagación. Cada vez que aparecía un caso de estos en alguna parte del mundo, lo cual era cada vez más frecuente, Xavier no podía evitar el pensar en Vilalta. ¿Qué diría el viejo profesor ante los fenomenales y crecientes recursos que la medicina dedicaba ahora a resolver los problemas causados por la era de la biotecnología?

Xavier puso en marcha el simulador de argumentos y comenzó a alimentarlo con la documentación apropiada de Vilalta. En la mañana jugaría un rato con el sistema y comprobaría qué más podría haber dicho el viejo profesor sobre uno de sus caballos de batalla favoritos.

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